miércoles, noviembre 28, 2012

Juro que nunca más


Esto lo escribí para codigomujer.cl por un nuevo nuevo año paea luchar frente a la violencia a la mujer. De más está decir que es ficción.

No me di cuenta hasta que desperté. Dormí más de 14 horas, aún tenía sueño. Mi pelo estaba pegado, sucio…olía horrible…
Me levanté del suelo, ahí yacía tendida, como un bulto. Estaba sola, necesitaba un abrazo. Quería llorar, pero apenas podía abrir mis ojos. Necesitaba seguir durmiendo. Me pesaba el cuerpo y no me podía mover. Seguía sola.
Alfredo decía amarme como nadie y para siempre. No quería compartirme. Toda mirada, sonrisa, comentario, era la excusa perfecta para golpearme y así “poder aprender”, como me explicaba, luego de cada golpiza, de cada disculpa y de cada beso,  jurando que sería la última vez.
Con el tiempo aprendí a tapar las marcas de su inseguridad, me había convertido en una maquilladora avezada, pero Alfredo no era tonto, golpeaba los lugares que se podían cubrir. Como  empezó a hacerlo en otoño, época de frío la extensión era mayor. La ropa larga cubría moretones y cortes.
Lo conocí en una librería. Yo trabajaba de cajera y él era cliente regular. Disfrutaba mucho de la lectura de ciencia ficción. Le había recomendado uno que otro autor, no muchos. No era lo que me gustaba leer, yo disfrutaba de otras letras, más mundanas, certeras, esas letras del corazón. Eran las 14.30, sonó el teléfono y no pude contestar, seguía en el suelo, un poco más despierta, menos distante. Faltaba menos para que Alfredo llegara. No podía verme así, vulnerable.
Al salir del trabajo esperé el taxi, como todos los días. El jefe del local decidió irse conmigo y  tomamos rumbo por la Alameda. Como él vivía un poco más lejos, el taxi se detuvo afuera de mi casa, me bajé y me despedí de Ernesto. No sabía que Alfredo había salido antes de su oficina y estaba en la esquina y me vio besarle la mejilla a mi jefe. No lo vi. Entré al edificio y llamé al ascensor. Se abrió y ahí estaba él, furioso. Se cerró la puerta y me tomó del pelo y comenzó a insultarme.
Llegamos al piso 23 y abrió la puerta y me empujó. Caí sobre la mesa y me rompí la cabeza. Me quise parar y no pude. Alfredo estaba fuera de sí. Comenzó a romper platos, a gritarme, a decirme puta hasta el cansancio. Me pegó un puñetazo y caí inconsciente.
Me levanté de a poco, estaba mareada. Logré afirmarme de la mesa y abrí un ojo, el que no recibió un puñetazo y vi vidrios rotos, caos en todo el lugar. Había sido un ataque de rabia de aquellos. No recuerdo por qué se enfureció esta vez. Todo lo enojaba: mi trabajo, mi forma de ser, mi relación con la gente. Todo. Yo ya había asumido este amor violento. Sí, amaba a Alfredo, pero le temía más y me daba terror irme, porque lo había intentado un par de veces y siempre me encontraba. Estaba presa en mi casa.
Me dirigí al baño y prendí la luz. Parecía un monstruo. Mi pelo estaba enmarañado, opaco, ensangrentado. Tenía un ojo hinchado, que no podía abrir y dolía como la primera vez. Preferí apagar la luz, me daba  vergüenza verme. Sentí pena, me di asco.
No sé como esto se hizo una espiral ascendente, pero me arrepiento cada día de mi vida haber dicho “sí, acepto”…y acepté, sin saber, que sería víctima de violencia. Han pasado tres años desde que decidí denunciarlo y me fui de Chile. Ahora soy libre de contar mi historia sin miedo a reproches por parte de Alfredo. Tiene orden de arraigo y no sabe donde vivo. Cambié mi nombre, me hice ciudadana europea y gozo la vida como nunca pude. Estoy feliz, tengo novio y pronto seré madre. Me tomó más de una década darme cuenta de que el amor dolió. Hoy, mirando el pasado, puedo volver a sonreír.

2 comentarios:

Olga Sotomayor Sánchez dijo...

Linda !!!!
Que bueno que te hayas podido sumar a la iniciativa e invitación ¡¡¡¡ buen texto !!!!, fuerte, real, crudo y visto en TV y prensa millones de veces. Ojalá que tomemos conciencia y no aceptemos esto. Partamos por nosotras queriéndonos y nuestro amor PROPIO, no es egoísmo, es le primer amor que debemos tener. Ama al prójimo como a ti mismo dice la biblia. Eso es lo primero: querernos nosotrAs porque de lo contrario o seremos capaces de amar a otro.
Un abrazo, te quiero mucho

Carmen Troncoso dijo...

Esa fuerza de gravedad que es la violencia sadica es un espiral mortal, tuviste tremenda fuerza para salir de ese espantoso remolino que se trago años tuyos, ojala que otras mujeres puedan salir de ese marasmo y rehagan su vida a tiempo, amandose y amando la vida, un abrazo feliz,