miércoles, junio 27, 2012

Crónicas en bicicleta

Despierto sin necesidad de hacerlo, sin estar obligada por la melodía danzante del despertador…ya no son necesarios esos “5 minutitos más”, que luego pasan a ser quince, o incluso media hora de atraso en la rutina de la semana.

Me siento en la cama, rasco mi cabeza, pienso…ir o no ir.
me estiro, bostezo.
Vuelvo a pensar… ¿valdrá la pena?
pienso en secreto…
respiro y suspiro….
me levanto…
me doy varias vueltas como acostumbro y abro el clóset mientras espero que el agua hierva.
Rasco nuevamente mi cabeza, algo que ya es costumbre, y que también es alergia. Escudriño entre las ropas y encuentro lo que buscaba: mis calzas negras y mi tricota. no es la mejor tenida, pero no me importa, pues no voy a un desfile, sino a liberarme…a liberarlos y abstraerme del mundo.
la tetera ya hirvió, es tiempo de un buen café con leche, o tiempo de lo que la cocina pueda ofrecerme a estas alturas del mes: algo con azúcar y carbohidratos…y un chicle para el alma.
Recojo mi pelo en un moño desordenado y lavo mis dientes y bostezo…

Pienso por última vez si es necesario salir. Como muchas cosas realizadas, el inicio es la parte más compleja, pero una vez que comienzo, no hay quien me convenza de lo contrario…y así voy recordando años pasados y aventuras que tanto disfruté. Años que no volverán, y menos sus aventuras. Es la prueba que la vida me impuso y, a la adversidad, le saco la lengua y la ignoro.
Busco mis lentes, si hay sol, los oscuros; sino, los ópticos. me pongo mis guantes, mi cortavientos si el clima lo amerita y estoy casi lista.

Me coloco el casco, mis audífonos y enciendo la música que esté de moda. agarro las llaves y cierro la puerta.

Abro a bodega y saco mi tesoro: mi gary fischer modelo wahoo, de color morado. Sí, mi bicicleta, mi preciada bicicleta, mi compañera de aventuras.

Salgo, surco calles y ciclovías en un vaivén constante y agitado. me convierto en ciudadana sin destino aparente y viajo sin ganas de dejar de hacerlo.

Busco rutas, las estudio, las descubro, las repito. pruebo cambiarlas, aunque generalmente terminan siendo las de siempre, porque soy un animal de costumbre, a lo que se suma que soy intrínsecamente una habitante de bilz & pap, por lo que mantener mi atención en una sola cosa me complica y me perturba. Así, me declaro lo que en jerga moderna se denomina “multitask”, o multitarea si así lo prefiere, la que -pese a contar con la habilidad de hacer varias cosas a la vez- carece de inteligencia espacial. No tengo gps, lo que hace que quien relate -en una bici, con música, sin mapa rutero y en bilz & pap- sea un peligro sobre ruedas y no precisamente por ser imprudente y adrenalínica, sino más bien porque mantener la atención es casi pedirle peras a un olmo, y eso aún no lo he visto.

Mi historia con la bicicleta tiene una larga data. Creo que tenía entre 4 ó 5 años cuando recibí mi primera bicicleta. Si bien no era de mi gusto por ser rosada, de niña y con cintas de colores, sirvió como entrenamiento para la siguiente. No debo desconocer que me ayudó a vencer mi miedo más tremendo de ciclista: las bajadas, y aprendí a sortearlas como se debía, de golpe y porrazo, y el eventual castigo por “pajarona”. Qué mal reaccionaban los padres frente a un accidente infantil.
En estos años, vivíamos en un tercer piso de un total de cuatro, sin ascensor. Al no contar con la fuerza necesaria para bajar mi “cleta” en andas, no tenía opción más que tirarla por la escalera hacia abajo, viaje que terminaba al chocar con la baranda del piso inferior.

Mi siguiente bicicleta, vino aparejada de un cambio de casa importante a varios cientos de kilómetros de Santiago. A Coyhaique llegamos y, claro, la adquisición de una nueva bicicleta acorde con el cambio de ciudad. era el momento de olvidar la bici aro 16, modelo de niñita, para darle la bienvenida a la mountain bike aro 24 de hombre -porque no había otra y la necesidad era imperiosa- para una gordita de ocho años que no tenía ninguna intención de aumentar su estatura prontamente. Si era un desafío subirse a ella, imaginen pedalear. Le hacía empeño para poder disfrutar las tardes frías del sur. No había escaleras ni bajadas que me asustaran. llegaba del colegio, cambio de ropa rápido y a la calle hasta que me acordara que tenía casa…

La plaza de armas, con muchas calles a su alrededor, era nuestro escenario, donde competíamos por quién hacía sonar más las ruedas al frenar en el maicillo, o quién dejaba la suela de las zapatillas power más gastadas frenando con la planta en la rueda trasera, olvidando la existencia de frenos, y augurando el castigo por gastar en abril las zapatillas compradas en marzo, para usar durante todo el año escolar.

Tres años con el mismo cuento, más de tres pares de zapatillas y unas cuantas cámaras de rueda por tanto desgaste…era ya tiempo de partir. nuevamente.

Retornamos a la ciudad capital, con nuevos aires y, por ende, con nueva bicicleta.
Si bien en aquellos tres años, crecí muy poco, la bicicleta oxford, modelo topaz era aro 26, lo que significaba un transporte de adultos y una tremenda responsabilidad, la que venía acompañada de un candado con clave y una tremenda responsabilidad. Para esta época, el amor por el ciclismo urbano semi-responsible se fue acabando, eran años de pubertad, ergo, estupidez. Sin quererlo tal vez, vino un nuevo cambio de casa, y también de bicicleta: misma marca, mismo modelo. La diferencia, doble suspensión. Más que en bicicleta, me sentía en un trampolín.

Algo novedoso en esta nueva casa y bicicleta, fue la existencia de una ciclovía cerca, la cual me permitió conocer lugares de este nuevo barrio de manera más confiable, ya que entre chocar con un auto y un ciclista, hay varias fracturas de diferencia.

De serle indiferente por unos años, se volvió una obsesión necesaria por lo menos tres veces a la semana, incluida la subida al cerro san cristóbal y el regreso con cara de velocidad.

Con el aumento de la tecnología, tuve la posibilidad de cambiar la bici pesada por una más ligera, de aluminio…y la diferencia se sentía, especialmente en subida…

Fue de esta manera que adquirí la gary fisher modelo wahoo que conservo aúny que está muy bien tenida, como me dijeron en el último control sano.

Como ya no estoy autorizada para correr como lo hice por unos años, no me queda más que subirme a la bicicleta y conquistar calles y comprarme esquinas. De éstas últimas, ya llevo dos: Santa Adriana con Isabel la Católica y Eduardo de la Barra con Antonio Varas. Si anda en búsqueda de las suyas, localícelas en otro lugar, porque ésas son mías.

Es de esta manera que la bicicleta pasó a ser para mí, algo tan importante como respirar, con la diferencia que lo primero debo y tengo que hacerlo a diario, mientras que lo segundo no puedo hacerlo por tiempo, pero que apenas se suscita la posibilidad, agarro mi bicicleta y me desaparezco, hasta que el frío o la hora me recuerden que es hora para volver y guardar las cosas para continuar en una nueva ocasión, donde todo será el mismo ciclo que en un comienzo relaté.






8 comentarios:

bacan72 dijo...

No hay mejor regalo que una bicicleta para un niño. Es un hábito que se adquiere de la infancia, botando las rueditas como quién bota los dientes de leche. He visto pailones que se las dan de ciclistas de viejo sin haberse subido a niuna y no les resulta.

Yo aprendí en la bici de mi hermana, claro que le saqué el canastito de adelante..y finalmente me terminé apropiando de esa cleta. Lo que jugábamos era a poner un envase de yogurth en la rueda trasera para que sonara como moto.

La vida de las bicicletas? corta como la de las mascotas..inevitablemente te la terminan robando. Mejor no encariñarse demasiado.

Anónimo dijo...

Un relato entretenido. Un paralelo entre el crecimiento y la bicicleta, que terminó siendo tu pasión.
Me entretuve¡
No tuve bicicleta hasta los 36 años... un poco tarde para el habito. Pero llegué a los píes del San Cristobal una vez. :)
Patakatete

Paz dijo...

es excelente la bici, porque nos traslapa a otras realidades
un abrazote grande grande a los dos

Mary Rogers dijo...

Me gusta mucho este estilo, el relato del cotidiano y la cuota de humor justa. Los vecinos de Coyhaique te deben haber odiado...en especial los del primer piso XD

Paz dijo...

esos eran los de santiago po, jajajaja
en coyhaique patiparreaba en la plaza

Mary Rogers dijo...

confusión...tú sabes...anda a leer mis palabras incoherentes..ja ja..ahora, no importa de dónde eran tus vecinos...todavía te recuerdan :D

Anónimo dijo...

Como en todo, comenzar es lo que mas cuesta ...; pequeña frase, pero que de todo el texto, en estos momentos, es la que me hace mas sentido.
Ademas, que afortunada Paz de atesorar con detalle los momentos...
Como spre, me encanto!!!

Olga Sotomayor Sánchez dijo...

Ya que no he podido dejar mis comentarios en codigomujer, lo hago en esta otra tribuna.
Gracias por comaprtir tu texto cono nosotros. Me gustó mucho y me hizo tratar de recordar mis propias historias de bicicleta. Debo tner pocas, ya que sólo recordé dos..pero antes eso o nada.
Gracias por compartir y vivenciar siempre
un abrazo