jueves, septiembre 07, 2006

9 parte...infidencias de una loca...

–Eso lo sé, por algo estoy acá. Si fuese Pilatos, habría muerto hace muchos años y tú tampoco serías de esta época. Agradece que me lavara las manos en estos tiempos y no en aquellos, ya que hubieses sido perseguida por atea.
–No te desvíes del tema, te estoy culpando por tu falta de tino, por eso.
–Pero si no me lavé las manos, te estoy diciendo que no fue un accidente, fue parte de mi plan maestro, el que no haya parecido un accidente es otra cosa. Lo hice porque me dieron ganas de hacerlo.
– ¿O sea admites que la culpa es tuya?
–Pero si fue ella la que no se sujetó, es culpa de ella, no mía.
Además, la historia no termina ahí, como la gente no me aplaudió, me sentí muy mal. Es horrible ver a una actriz –que espera los aplausos y los vítores del público– defraudada en escena, si mi papel lo interpreté a cabalidad, que fuera el papel de la antagonista era otra cosa.
–No te entiendo, ¿Qué hiciste después?
–Al escuchar que el público, mi público no dejaba de tomarse la cara entre las manos; que los unos lloraban y que los otros gritaban, me sentí muy defraudada; era obvio que no me iban a regalar las rosas rojas que tanto estaba esperando. Fue ahí donde tomé la determinación.
– ¿No que la determinación era matar a Rapunzel?
–No era matarla, era fingir su suicidio, pero no resultó.
Mis sueños de actriz se truncaron en el preciso momento en el cual la gente no se dignó a elogiar mi trabajo, y todo por culpa de Rapunzel; ahora de muerta más la odiaba. Lo peor fue ver la cara de mi Ernesto, veía el odio en su mirada, estaba enajenado, alienado, y todo por mi culpa, pero la verdadera culpable era Rapunzel, porque existía, yo tenía los dientes más lindos que ella y aún así, Ernesto nunca se fijó en eso. El trabajo de mi dentista no fue felicitado, ¡Qué ganas de matarlo también!
No podía hacer nada por el disgusto del público, pero si podía terminar con mi angustia de actriz desilusionada. Al igual que un samurai, iba a morir con honor, pero no de una estocada en el pecho, sino que de un corte en mi muñeca izquierda. Si lo hacía en mi pecho, la cicatriz sería muy notoria y tampoco podía ser en mi muñeca derecha, porque soy diestra y hubiese fallado.
–Aún así fallaste.
–No fallé, logré alcanzar mis venas, pero no con la profundidad que me hubiese gustado hacerlo, creo que me asusté en el último momento, en realidad fue culpa del cuchillo que no estaba muy afilado.

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