jueves, agosto 31, 2006

Un trotamundos sin opción (bitácora de un viaje sin destino)

“Cuesta recordar con facilidad aquellos momentos de mi juventud. No fue la juventud que yo soñé tener. Vivíamos en una pequeña aldea en las orillas del Nilo, los hombres nos dedicábamos a la defensa de la aldea y también cuidábamos del ganado. Las mujeres, por su parte, se dedicaban a la cosecha y a la crianza de los niños más pequeños, en especial de las niñas. Cuando nuestros hijos eran un poco más grandes salían a cazar con nosotros ¡eran esos los tiempos en los que le enseñábamos a no temer de los leones, porque el hombre era un león más fuerte que podía vencer al rey de la selva!
Pero en esta selva no sólo los leones andaban en cuatro patas, los hombres malos también lo hacían, y debíamos escondernos de ellos. Trabajaban para los reyes de tribus más importantes y mataban a los nuestros, a veces, tomaban prisioneros a los más jóvenes. Pero lo peor era el rapto de nuestras mujeres. Nada podíamos hacer nosotros ya que ellos tenían unas cosas oscuras que apretaban un botón y algo salía de una punta; luego de toda una vida supe que eran armas de fuego. Solíamos temerle a esas cosas, los pobres niños lloraban y nada podíamos hacer hasta que ellos se fueran. Fue tal la molestia hacia la tribu que tomamos nuestras pertenencias y nos adentramos más en la selva. Creímos que esa era LA solución, pero no por nada estoy aquí, narrando la más triste de las historias. Que tonto fui al creer que todos mis compañeros de aldea eran de fiar, pues debo decir que me equivoqué; al escasear la comida, vendían incluso a sus familiares, claro está que comer es importante, pero ¿A costa de su familia? Fue muy triste ver como familias enteras se separaban también por las guerras, un simple malentendido bastaba para desatar una reyerta entre tribus. Ahí supe lo que es ser vendido.
Mi pequeña aldea, de la cual era una persona importante, tuvo conflictos por las sequías. Como escaseaba el agua se generaron conflictos, debíamos dar de beber al ganado. Si no lo hacíamos, morirían junto con nosotros. Llegamos primero al embalse que estaba solo lleno hasta la mitad y dimos de beber a nuestros animales; apareció el jefe de la otra tribu y al vernos ahí primero se enfureció…él tenía armas de fuego. Nuestros niños sufrían cada vez que avistaban esos juegos del diablo como los llamábamos. Lo primero que hicimos fue esconder a los niños y las mujeres; los hombres, nos hicimos cargo de la situación o, más bien tratamos, porque se nos fue de las manos.
Muchas armas nosotros no solíamos tener, nos caracterizábamos por ser una de las tribus más pacíficas entre todas las tribus que bordeaban el Nilo. Quería tener miedo, necesitaba sentirlo, pero no pude. El haber matado a ese león antes me había devuelto los bríos al cuerpo. Era intocable, pretendí serlo porque, al llegar a América, me di cuenta que no fue así. Como ser humano había muerto antes de subir al barco. Me habían despojado de lo que más quise en toda mi vida: mi esposa y mi hijo de tan sólo cuatro años, definitivamente nunca fui intocable sin ellos, y eso, hasta el día de hoy desgarra mi corazón. Sabía que no volvería a verlos y eso fue lo más difícil, peor fue el no poder despedirme de ellos, los vi antes que me cogieran, pero ellos no se enteraron. A veces pienso que fue mejor de esa manera, se quedaron con la imagen de un hombre íntegro y no con la de un hombre golpeado, oliendo a sangre y con hierros en piernas y manos. Esta era una procesión de la cual me urgía salir, mas no pude hacerlo.
Habíamos perdido frente a la otra tribu, su trofeo fuimos nosotros, no se contentaron con tener el embalse para ellos, también nos tomaron de rehenes y nos tranzaron por más armas. Menos mal que los niños no lo vieron, el horror en sus caritas me habría provocado ira y con ira un hombre simplemente mata.
Aquí empezó mi éxodo, por las conversaciones escuchadas de los captores me enteré que todos seríamos llevados a la costa ¿Para qué? Preferí no enterarme, hice oídos sordos y acaté las órdenes de mi gente, de mi propia gente que me había vendido a los portugueses tiempo después.
Caminamos todos atados, con dolor intentamos caminar, quien no podía hacerlo, era sacado de las filas: o se le dejaba morir o se el mataba. Más comencé a odiar las armas, recordaba los rostros tristes de los pequeños en la aldea, ya no habría nadie para defenderlos de eventuales ataques. Eran esos niños mi motor en la lucha fraticida, en una lucha sin cuarte que nadie ganaba.
Preferí quedarme en la etapa neolítica o como se pudiera llamar, en una etapa sin acero, sin hierro…ese hierro que mata, que nos mató y que nos mataba lentamente. Cada vez que miro mis pies y mis manos me acuerdo de los grilletes que tanto dolor me causaron, pero era sólo el inicio del viaje, faltaba lo peor. El olor a muerte todavía está presente y cada vez que lo recuerdo vienen a mi cabeza las imágenes de la soledad. Éramos muchos y llegamos pocos.
Seguimos caminando por entre la selva, cruzamos ríos, pantanos, lugares peligrosos sin camino aparente hacia el destino que pretendíamos ser llevados, pero al mirar hacia atrás, el camino estaba bien definido. Había un rastro que nunca se pudo olvidar: el de los cuerpos que yacían boca arriba en busca de una oportunidad para paliar el sufrimiento. Lo habían logrado después de un largo camino de agonía y tras un estertor, soñaron volver con sus ancestros, y ahí se refugiaron con los suyos, cosa que jamás logré.
Conocí el Océano Atlántico, pero no fue como un turista, lo conocí porque no tenía alternativa alguna. Conocí también los barracones, eran nuestras residencias mientras llegaban a algún acuerdo sobre nuestro destino. Trámites y negocios iban y venían; los portugueses habían encargado a los mismos negros nuestra suerte, la peor de ellas. De manos negras veníamos y en manos negras íbamos a yacer.
Vi algo que en mi vida nunca hubiese tenido la posibilidad de ver, sino hubiera sido por la trata de negros. Era un gran armatoste de madera, curioso, casi divertido…no se caía del agua, tenía cosas que colgaban de unos palos y unas puertitas del suelo hacia otro suelo. Lo miré con gracia, era casi simpático ¡Qué tonto fui!, tanta credulidad era casi mágica…de haber sabido como iban a ser los ‘barcos’, me hubiese quedado en el camino, muriendo, pero muriendo en mi tierra.
En esos fríos barracones nuestra vida corría, monótona y triste. Hasta que eran conducidos a los barcos, en fila, de uno en uno. Amarrados de pies, manos y en el cuello colgaba una cadena y no tenía precisamente la imagen de un Cristo en la cruz, éramos nosotros los que sufríamos. Y así querían ellos que bailáramos y cantáramos…la sangre en nuestros miembros se había vuelto un tatuaje permanente con tinta de sufrimiento.
Comenzamos a subir, atemorizados nos entregamos –lo poco que quedaba de nosotros mismos- a los captores. Ahí entendí donde conducía la pequeña puertita que estaba en el suelo: al infierno, y éste no tenía llamas, más bien tenía rostros conocidos, familiares, rostros similares al mío, pero ninguno era ya el mismo. Habíamos muerto antes de subir al barco.
Fue esa la puertita que nos mantuvo cautivos por varios meses, que no nos dejó ver la luz del día; salvo en momentos esporádicos como cuando vimos caer al mar a los nuestros. Me costaba convencerme de que éramos codiciados como ‘piezas o bienes’, no conocía el concepto de dignidad humana, pero aquel ya me había sido hurtado.
No había vuelta atrás en ese barco, no podíamos huir de manera segura, el mar era muy basto para recorrerlo a nado, por mi hijo lo cruzaría mil veces, pero debía ser realista. Debía acatar órdenes en un idioma que no comprendía, y no sabía si lo que respondía era correcto o no. Para eso estaban los azotes y debo haberme equivocado muchas veces, porque cada vez que me miro en el espejo veo las cicatrices de mis ‘equivocaciones’.
Así era –más o menos- el barco que nos transportaba., pero mirado desde adentro, la perspectiva cambia y sí que cambia. Se veía como un barco imponente, como algo digno de un Rey…no fue así. Tenía sí los compartimentos para dejarnos, pero a la larga no funcionaron ya que íbamos todos mezclados y los olores y hedores se confundían.
Ese olor -todavía siento asco- quedó impregnado en mi memoria y no se olvidará. Es una de las cuantas cicatrices que llevo en mi mochila que está más que cargada. A unos nos toca sufrir y a otros les toca mirar el sufrimiento ajeno. Paradojas de la existencia.
El barco era una copia de la torre de babel, ya que en él viajábamos personas de distintos lugares, por ende, entre nosotros no nos comunicábamos; estaba con mucha gente, pero me sentía solo en el mundo.
Viajábamos es sórdidas bodegas donde la promiscuidad con la desesperanza se mezclaban en una simbiosis perfecta, quizás era la forma de calmar los males. Las cadenas y los maltratos eran diarios; era atroz, pero con el tiempo uno se acostumbra. Incluso unas veces extrañé los azotes, debí estar muy loco, no pensaba ya en nada…había muerto en vida y eso, es terrible.
Este era un viaje sin rumbo cierto, sin destino. Muchos morían en el barco, algunos se ahogaban incluso en su propia sangre; otros morían por los azotes, los malos tratos; los demás, perecían en el fondo del mar: esa era la forma de alivianar la carga y el peso de la nao, porque era ilógico –a sus ojos- el deshacerse de los alimentos y de las cosas útiles. Nosotros les serviríamos en un fututo no muy lejano, pero en el presente no les éramos transcendentales y eso bastaba para desligarse de nosotros. Vi como juntaban piedras apiladas al lado del mástil, parecía una pira ardiendo que apagaría su fuego al fondo del mar. Desperté con el ruido de los grilletes abriéndose, pensé en ese momento que alguien había escapado y volveríamos a casa, pero cuán equivocado estaba, eran los blancos los que habrían los grilletes y tomaban a varios de mis hermanos y los amarraban uno tras el otro con las piedras. Entre varios tomaban las piedras y las tiraban al mar, ahí se hundían y con ellas se sumergían mis amigos, mi gente, mi todo…
Cada vez éramos menos, es cierto que íbamos más cómodos, pero la melancolía y el aburrimiento eran extremos, no sólo nosotros nos aburríamos. Ellos- por su parte- podían optar a los tipos de entretención que eran disponibles en el barco. Está más que claro que el motivo de risas y alegrías éramos nosotros. Así nos hacían subir a la superficie del barco donde debíamos cantar y bailar. Para ellos debió ser algo distractorio, para nosotros en cambio, fue macabro. El dolor del roce de las cadenas era insoportable, pero no había otra opción, debíamos danzar o debíamos morir. Las letras de nuestras canciones eran letras de libertad, eran las voces unidas bajo un cielo estrellado que invocaban a sus antepasados, a su tribu…a su mundo.
Saltar, danzar y cantar…era nuestra pesadilla y era su espectáculo, fuimos simples monigotes y títeres de crueles titiriteros.
La melancolía me agotaba el alma, veía morir a los hermanos y me veía morir de a poco si es que ya no estaba muerto, la sangre corría por entre mis piernas, sufría. Todos sufríamos.
Faltaba menos, veía tierra, pero no era África, mi África. Había llegado a América y por alguna razón no estaba feliz. El viaje se había vuelto un completo tedio, pero ya había terminado, o por lo menos eso creí.
El barco varó en la costa, no era el único barco ni el último. Miles de negros desfilaban ante mis ojos, eran negros como yo y se iban subiendo a otro barco ¿Acaso el viaje no terminaba ahí? Para algunos así lo fue; para otros, nuestra ruta aún no llegaba a su fin. Debimos esperar en tierra firme por un tiempo, para pasar así a manos de otro blanco que nos iba a llevar quién sabe donde. Vimos la luz del cielo antillano por primera vez, y ésta nos cegaba los ojos…estaba un poco aturdido, el olor a aire fresco se me había olvidado por completo…eran Las Antillas como la diáspora de los negros, de aquí salíamos con rumbo a otros lugares para trabajar de esclavos o en los oficios que a los indios les quedaban ‘grandes’…veníamos a servir, a ser la piedra de tope de los abusos…seguíamos siendo monigotes…
Estaba muy cansado, exhausto para decir verdad, estaba fatigado y agotado y esto se notaba en los rostros impávidos de hombres, mujeres y niños que de a poco bajaban del barco.
Parecíamos los fenómenos de una feria de diversiones, todos nos miraban, nos tocaban como viendo si éramos o no de verdad, nos picaban con palos; nos abrían la boca y contaban nuestros dientes…simplemente parecíamos seres de otro mundo. Para nosotros, ellos eran los raros.
Comenzaron a untarme aceites en la piel, para que ‘no se viera tan pálido’ decían ellos. Quedé brillante, radiante y limpio como si la travesía en barco no hubiese dejado huella en mí. Parecía un hombre limpio, feliz…pero estaba vacío.
Aparte de untar nuestros cuerpos en aceite, un hombre vestido de negro nos tiraba agua, con el tiempo pude hacer conjeturas y darme cuenta que era un cura que nos rociaba agua bendita, puede que ese haya sido el momento en el cual me convertí en católico, quien sabe…ya no profeso esa religión, me quedo con mis santos, mis dioses y mi magia africana.
Nos subieron a una especie de tarima, la gente nos miraba, levantaba sus manos cuando alguien nos señalaba…volvían a mirar nuestras bocas para ver si los dientes estaban en su totalidad. Muchos se fueron bajando de esta tarima cuando el público levantaba las manos, supuse que fue de esa manera porque habían sido vendidos. Llegó mi turno, un señor regordete y de bigotes anchos clamó por mí: era de Brasil, Joao Lopes se llamaba y era un portugués avecindado en el centro de Brasil. Tuve que aprender portugués por la fuerza, porque debía comunicarme con él.
Me soltaron los grilletes y mi captor recibió dinero a cambio de mi persona…tenía menos dientes que yo y, sin embrago, valía más.
Fue rara la sensación de no tener hierros en mis manos y pies, me costaba caminar sin ellos, pensé en ponerlos nuevamente en su lugar…este tipo está loco dirán ustedes, pero eso es lo que hace la fuerza de la costumbre…para resumir un poco esto -y para evitar más viajes y cosas que no quiero recordar- llegué a Brasil, mi angustia y melancolía se hicieron gigantes…me sentía en África, soñé estar en mi tierra, el clima era muy parecido; me sentí en casa (pese a ser esclavo) y pude dar rienda suelta a mi vida, claro teniendo en cuenta los límites de mi situación jurídica: seguía siendo un esclavo, pero en un lugar que me recordaba mi tierra.
Don Joao era dueño de una hacienda azucarera muy extensa, dentro de su gran propiedad, había una casa grande donde mis amos vivían con su familia; al exterior había lugar para las plantaciones, había lugar para nosotros, teníamos un lugar donde vivir. Claro que no era como la casa grande, pero podíamos dormir sin preocupaciones. Era este lugar llamado senzala, era nuestro hogar. Digo nuestro hogar, porque no vivía solo, compartía techo con los demás negros que eran esclavos. Vivían hombre, mujeres, niños, ancianos. Todos esclavos, todos negros. Había unos que eran más claros que yo, pensé en un momento que eran negros de otras zonas de África, qué equivocado estuve. Ellos eran hijos del patrón y de alguna negra que fue la manceba de éste. En esta tierra estaba todo permitido…había secretos que se escondían tras las plantaciones de azúcar, había odios y rencores, había –por sobre todo- ganas de volver a África.
Llegué a esa plantación para trabajar cortando las cañas de azúcar, pero de a poco me gané la simpatía del patrón. Esto generó conflictos entre los demás que vivían en senzala, porque supieron que yo tenía más facilidades que ellos con el jefe.
Sin embargo, el negro Mulukú, pudo gozar de la amistad de otros negros esclavos. Tuve un gran amigo, Zingue era su nombre…ya no está, murió de una manera muy fea, quizás merecía un castigo, pero no como el que le dieron.
Todos los días, a la hora de dormir Zingue hacía lo contrario: se arrancaba por la ventana. Él pensaba que nadie se enteraba de sus huidas, pero yo siempre lo supe. Volvía aproximadamente dos horas después y con los pantalones en la mano, como habiendo arrancado de algún lugar, sudaba de pies a cabeza y la sonrisa en su rostro era implacable; se ponía sus pantalones y se iba a dormir. Empecé a preguntarle cosas, pero él no respondía nada más que con silencio.
No supe con tanta seguridad si seguía saliendo a hurtadillas en la noche, como ya no vivía en senzala, me era complejo vigilarlo todas las noches.
Ya era miembro de la casa grande, era ahora el chofer de don Joao y tenía una habitación para mi solo en esa vasta casa.
El contacto con Zingue se hacía cada vez más esporádico, pero de todas formas seguimos siendo tan amigos como antes. Un día de aquellos lo vi saltar por las escaleras, iba desnudo. Salió de la habitación principal la esposa de don Joao, doña Rita. Gritaba como loca, sólo llevaba encima una bata de satín y la casa olía a sexo.
Ahí supe la verdadera profesión de Zingue, era el amante de doña Rita en los momentos que don Joao salía de la casa.
En este mundo estaba todo permitido, cuántas negras de hermosas curvas vi agasajando a nuestro patrón; cuántas jóvenes mirando por las ventanas, dejando pistas para ser poseídas en cuerpo y alma. Bienvenidos a Brasil, el país de la promiscuidad.
Claro está, el jefe era el jefe y para él estaba todo permitido, las mujeres, los lujos, los hijos mulatos, todo. Para ella en cambio, nada se le aceptada y haberse dado en carne y placer a un negro esclavo era una injuria.
No me enteré hasta el día siguiente cuando vi –con mis propios ojos- a mi amigo enterrado en el suelo…era su castigo por fornicar con alguien de estirpe superior, para doña Rita, el castigo fue otro: se la llevaron a un convento donde no pudo gozar nunca más de los placeres del cuerpo.
Este fue el mundo que conocí en Brasil, un mundo bizarro, un lugar donde la promiscuidad actuaba apenas encontraba la posibilidad de hacerlo. Este fue el final de mi travesía, este es el final de mi bitácora de viajero…llegué a un mundo errante, pero no puedo abstraerme de él, me consumió. Olvidé mi idioma, pero a mi esposa y a mi pequeño hijo nunca; ellos fueron el motor que me mantuvo vivo, lo que me permitió vivir con tantas vejaciones, con tanto dolor, con tanta crueldad, con tanta mundanidad: Se llamaban hijos de Dios, todos ellos, pero los latrocinios que cometieron los pagarán con el infierno, porque juro por mi vida y por la de mi familia que en alguna parte los blancos deberán pagar por los abusos. Y en lo que a mi compete, seguiré viviendo en Brasil, porque sigo siendo un esclavo, y lo seré para siempre, pero en fondo de mi alma, puedo cantar con toda la libertad que persigo”.

6 comentarios:

Bellydancer dijo...

Te felicito!!!
Está buenísimo, veo q te superas a ti misma y eso siempre es bueno
Bkn que hayas reactivado tu blog, para q nos mantengas con nuevas lecturas
Besos!

SpanG dijo...

Excelente historia me gusto mucho :D

Paz dijo...

muchas gracias spang!
saludos

Mary Rogers dijo...

Buena historia, dolorosa pero real.
¡Felicitaciones!

bacan72 dijo...

Su ejercicio literario se me asemeja a los eventos donde presentan a una estrella de futbol a la hinchada y el jugador hace todos sus lujitos, con la pelotita cachañas, domina con los pies, cabeza y hombros. Es decir, en pocas lineas nos dio una probadita de su talento como escritora.

Partió con los negros en el Nilo y no se como se tornó un drama historico tipo "Raices" y terminó en un relato semicachondo en las cercanías del Mato Grosso Brasileño. Esa última parte me recordó el estilo de Isabel Allende.

Muy bien!

Saludos,

Paz dijo...

muchas gracias amigo
me hace enormemente feliz que tengan el tiempito de leer y criticar mi trabajo
un abrazo